sábado, 14 de septiembre de 2013

La lucha



La televisión proyectaba imágenes de las manifestaciones que tuvieron lugar en las plazas Taksim y Gezi en Turquía esa misma mañana y de la represión sufrida por los manifestantes y las personas que pasaban por allí, por parte de la policía. Gente corriendo, gritando, ambulancias que intentaban abrirse paso, policías persiguiendo a manifestantes irritados por el gas pimienta. Chorros de agua, contaminada con productos químicos, ensuciaban a los civiles indiscriminadamente; daba igual su edad, su género, su profesión, sólo importaba demostrar quien tenía el poder. La democracia turca se ponía en duda: el gobierno, elegido mediante elecciones, atacaba de forma brutal la libertad de expresión y de manifestación de sus ciudadanos.

Mientras tenía lugar el horror y el caos "democrático", una bandera colocada por alguna organización, bajo el lema "Por el derecho a mi vida, por la libertad de expresión, por eso estoy en Gezi", intentaba inspirar y transmitir esperanzas a aquellos que, olvidándose de sus diferencias, se unieron en un mismo lugar, para luchar por los derechos de todos, para cantar al mismo son por la libertad. Esa misma sensación intentaba transmitir también ahora, cuando cientos de personas del mundo entero veían estas mismas imágenes, entre ellas Iskander y Eylem, la cual había acabado de entrar en el salón, con una bolsa de hielo y un bote de crema. Se sentó al lado de su compañero en el sofá y con una mirada cómplice le tendió la bolsa de hielo para colocársela en la cabeza. Mientras la voz de la televisión contaba como después de la manifestación civiles pro gubernamentales patrullaron las calles, armados, en busca de manifestantes, Eylem se dobló el pantalón y se untó el tobillo con un poco de crema.

- ¿Qué crees que pasará ahora, Eylem? - ella se giró para mirarlo y con determinación y rabia, sonrió.

- Qué seguirá la lucha. - Dejó la crema a un lado y apagó la tele. Había escuchado suficiente.

No intercambiaron más palabras, tampoco hacía falta. Se acomodaron el uno contra el otro y se quedaron escuchando el ruidoso silencio de las calles. Estaban a salvo, por ahora, y solo les importaba pensar en el siguiente paso, soñar con la siguiente batalla. Mientras tanto, en una de las esquinas de la sala, un arrugado cartel, también soñaba, pero a diferencia de Iskander y Eylem, él lo hacía con la Utopía.   
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