jueves, 13 de marzo de 2014

El mapa del placer



Era de piel nívea, casi translucida si la observabas fijamente; suave, delicada, aterciopelada. Era una de aquellas pieles que te cautivaba y que te inducía a que la tocases, a que la dotaras de caricias, que la transportaras al mismísimo paraíso y que sólo la hicieras descender a base de orgasmos. Sus lunares formaban el mapa de éste vasto mundo; te exhortaba a que los besaras uno a uno y a que le contases mil y una historias sobre cada uno de los lugares que estabas visitando en su piel, pero no podías: estabas completamente perdido en ese desierto montañoso; estabas desconcertado, desubicado. Y la banda sonora que te acompañaba en ese peligroso viaje tan solo te turbaba más. Su voz ahogada, el sonido de su pelo contra tu cara, su delicada piel sobre las sabanas, su respiración contra el hueco de tu clavícula... todo aquello te impedía que te concentraras en contarle esas historias que ella exigía y que necesitaba para sentirse amada y deseada. Todos tus sentidos estaban puestos en satisfacerla sin palabras, en silencio, tan solo permitiendo que tu cuerpo le demostrase lo que ella tanto ansiaba escuchar. Tú creías saber que las palabras se las lleva el viento y que los actos son más importantes, porque quedan grabados en el alma, en el cuerpo; ella, en cambio, pensaba que las palabras quedaban tatuadas en la mente y también en el alma, que esos tatuajes invisibles dejaban una huella más profunda que los actos. Pero ninguno se preocupó de que ambos pudieseis tener razón, tú porqué deseabas zambullirla, y zambullirte, en el inmenso océano de los placeres, ella porqué quería que sus oídos fuesen acariciados de la misma forma que su piel transparente, blanca como la nieve, húmeda como el deseo que habitaba entre los dos y que os abrazaba, os acariciaba y os hacía sentir como en casa.
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