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jueves, 13 de marzo de 2014

El mapa del placer



Era de piel nívea, casi translucida si la observabas fijamente; suave, delicada, aterciopelada. Era una de aquellas pieles que te cautivaba y que te inducía a que la tocases, a que la dotaras de caricias, que la transportaras al mismísimo paraíso y que sólo la hicieras descender a base de orgasmos. Sus lunares formaban el mapa de éste vasto mundo; te exhortaba a que los besaras uno a uno y a que le contases mil y una historias sobre cada uno de los lugares que estabas visitando en su piel, pero no podías: estabas completamente perdido en ese desierto montañoso; estabas desconcertado, desubicado. Y la banda sonora que te acompañaba en ese peligroso viaje tan solo te turbaba más. Su voz ahogada, el sonido de su pelo contra tu cara, su delicada piel sobre las sabanas, su respiración contra el hueco de tu clavícula... todo aquello te impedía que te concentraras en contarle esas historias que ella exigía y que necesitaba para sentirse amada y deseada. Todos tus sentidos estaban puestos en satisfacerla sin palabras, en silencio, tan solo permitiendo que tu cuerpo le demostrase lo que ella tanto ansiaba escuchar. Tú creías saber que las palabras se las lleva el viento y que los actos son más importantes, porque quedan grabados en el alma, en el cuerpo; ella, en cambio, pensaba que las palabras quedaban tatuadas en la mente y también en el alma, que esos tatuajes invisibles dejaban una huella más profunda que los actos. Pero ninguno se preocupó de que ambos pudieseis tener razón, tú porqué deseabas zambullirla, y zambullirte, en el inmenso océano de los placeres, ella porqué quería que sus oídos fuesen acariciados de la misma forma que su piel transparente, blanca como la nieve, húmeda como el deseo que habitaba entre los dos y que os abrazaba, os acariciaba y os hacía sentir como en casa.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Bajo el sol de la Utopía


Soñábamos con utopías bajo el sol granaíno, a la merced del viento, amparados por la tímida sombra de un árbol. Nos encontrábamos en el mirador de San Nicolás, observando ciegamente el antiguo palacio nazarí, susurrando sueños, delicias libertarias que en el pasado fueron nuestras amigas y amantes y con las que creímos que algún día nos casaríamos. Pero fuimos unos ingenuos al pensar que nuestra lucha serviría para derrocar esos tiempos sombríos en los cuales vivíamos, para derrocar esas ideas lúgubres que recorrían las calles de los pueblos, de las ciudades. Fuimos inocentes por creer que el amor podría con la avaricia y el egoísmo. Tontos fuimos, amigo, por creer que podríamos acabar con el dolor, con la miseria, con esa tenebrosa idiotez tan solo con la palabra, pero nuestro momento ya pasó y ahora tan solo podemos sentarnos y hablar, soñar con utopías bajo el sol de nuestra querida Granada, y pensar que otros, más listos que nosotros, más enérgicos, seguirán esa lucha utópica en pos de un mundo mejor, más humilde, más solidario y en donde el amor, indiferentemente de su sexo, género, clase y color, sea lo que guíe a las personas, en vez del interés propio, de las ansias de poder. Allí, observando el paisaje nazarí, con guitarras sonando de fondo y voces mezclándose y perdiéndose en el aire, nos sonreímos, querido viejo, con lágrimas de melancolía en los ojos, y con nuestros corazones tatuados a base de agujas de guerra, y nos despedimos con un hasta pronto.

PD: Este es el microrrelato que presenté para el concurso de la Librería de Deusto. Mi primera participación en un concurso :)