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sábado, 21 de diciembre de 2013

Bajo el sol de la Utopía


Soñábamos con utopías bajo el sol granaíno, a la merced del viento, amparados por la tímida sombra de un árbol. Nos encontrábamos en el mirador de San Nicolás, observando ciegamente el antiguo palacio nazarí, susurrando sueños, delicias libertarias que en el pasado fueron nuestras amigas y amantes y con las que creímos que algún día nos casaríamos. Pero fuimos unos ingenuos al pensar que nuestra lucha serviría para derrocar esos tiempos sombríos en los cuales vivíamos, para derrocar esas ideas lúgubres que recorrían las calles de los pueblos, de las ciudades. Fuimos inocentes por creer que el amor podría con la avaricia y el egoísmo. Tontos fuimos, amigo, por creer que podríamos acabar con el dolor, con la miseria, con esa tenebrosa idiotez tan solo con la palabra, pero nuestro momento ya pasó y ahora tan solo podemos sentarnos y hablar, soñar con utopías bajo el sol de nuestra querida Granada, y pensar que otros, más listos que nosotros, más enérgicos, seguirán esa lucha utópica en pos de un mundo mejor, más humilde, más solidario y en donde el amor, indiferentemente de su sexo, género, clase y color, sea lo que guíe a las personas, en vez del interés propio, de las ansias de poder. Allí, observando el paisaje nazarí, con guitarras sonando de fondo y voces mezclándose y perdiéndose en el aire, nos sonreímos, querido viejo, con lágrimas de melancolía en los ojos, y con nuestros corazones tatuados a base de agujas de guerra, y nos despedimos con un hasta pronto.

PD: Este es el microrrelato que presenté para el concurso de la Librería de Deusto. Mi primera participación en un concurso :)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Un diálogo


Toc, toc, toc.
- Soy yo. -

Abre la puerta mientras se cepilla los dientes y cuando su hermana hubo entrado en el pasillo, corrió al baño a enjuagarse la boca. Desde allí escuchaba como ella cerraba la puerta y se iba quitando la bufanda y el abrigo.

- ¿Y qué te apetece hacer hoy? - Escuchó la pregunta, pero no contestó hasta que no se secó la cara y las manos con la toalla, y hasta que no salió del baño.

- Pues había pensado en ir a dar un paseo y a repartir algunos curriculums. - Salió del salón para dirigirse a su habitación. Tenía que ponerse las botas y coger algunas cosas antes de salir a la calle. - ¿Hace mucho frío? - Una afirmación por parte de su hermana le bastó para coger una bufanda y un gorro. No le gustaba tanta parafernalia en su atuendo, pero le gustaba menos pasar frío.

- ¿Aún no te han llamado de ningún sitio? - La joven estaba sentada en el sofá, observando la pared que tenía en frente, un poco aburrida pero no por eso menos preocupada por la suerte de su hermana.

- Qué va. Si no lo encuentro pronto, no sé lo que haré. - Le había dado vueltas al asunto un millón de veces y no encontraba ninguna salida. Había acabado la carrera de filología francesa hacía un año y desde entonces había trabajado en unos cuantos sitios, pero ninguno que le gustase y que tuviese relación con su carrera: camarera, repartidora de comida, limpiadora, incluso durante unas cuantas semanas estuvo repartiendo folletos en la calle. Pero en los últimos tres meses ni siquiera había encontrado trabajo de eso. Nada, no había encontrado nada. En este oscuro panorama, se había planteado incluso irse del país a buscar trabajo.

- No te preocupes, pronto saldrá algo. - Al menos eso es lo que esperaba ella; el darle ánimos era lo único que su hermana podía hacer. Por ahora ella seguía siendo una universitaria que tiraba de la beca para poder sobrevivir, pero no sabía que pasaría cuando acabase. Intentaba ahorrar al máximo, pero no es que una beca del Ministerio diese para mucho: a penas podía pagar los gastos del piso compartido.

- He pensado en irme al extranjero. No sé, a algún país nórdico o incluso a Canadá, aunque éste último me pilla un poco lejos y el billete es muy caro, sin contar los alquileres tan desorbitados que hay para mi economía. No, definitivamente, Canadá no. Pero a lo mejor podría ir a Inglaterra, o a Finlandia. Dinamarca dicen que también está muy bien. No sé, ¿tú qué opinas? - Entró en el salón y se sentó al lado de su hermana, abatida.

-Deberías utilizar todos los recursos que tienes aquí, y si ninguno funciona, pues entonces sí que podrías empezar a plantearte el irte, pero aún tienes tiempo. - Suspiró e intentó sonreír, pero sabía que su hermana necesitaba algo más que una sonrisa.

- Han pasado ya tres meses en los que he vivido a cuesta de lo que tenía ahorrado y de nuestros padres, y no quiero seguir así. Podría pedirles prestado para el billete y para uno o dos meses e irme ya. Nadie me asegura que encuentre algo aquí, pero allí a lo mejor tengo una posibilidad. - Miró a su hermana y vio que lo que iba a ser una divertida tarde de hermanas se había convertido en una deprimente tarde, así que se intentó animar, aunque fuese por ella y sonrió. - Bueno, venga, no nos vamos a deprimir. Salgamos a dar un paseo y luego podemos venir a ver una película aquí. - Ya tendría tiempo de pensar en su futuro cuando estuviese sola. Se levantó y tiró de su hermana pequeña para que se levantase y se vistiese.



   Su futuro era incierto, al igual que lo era para millones de personas en este país. No había trabajo, los recién licenciados y graduados tenían que verse sumergidos en un sin fin de trabajos en los cuales les pagaban una mierda y que no tenían nada que ver con lo que habían estudiado durante años. Pero al menos ella tenía la suerte de que estaba sola, y no había una familia dependiendo de su sueldo para poder vivir y comer, una suerte que no todo el mundo tenía. El índice de pobreza había aumentado en los últimos años, el paro más aún, y la desesperación de la gente estaba aumentando a pasos gigantes. Quién sabe cuanto tiempo más aguantarían. Por lo que a ella respecta, poco le faltaba, aunque ella lo solucionaría yéndose del país, ¿pero y los demás? ¿Se conformarían con este exilio forzoso o buscarían métodos más violentos para saciar su desesperación y su furia?

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Pólvora


La tierra se sacudía, temblaba y yo la sentía. Escuchaba como retumbaba en mis oídos y una mezcla de dolor, satisfacción y adrenalina, me invadía. Había cientos de personas allí, todas apretujadas; podía notar el codo de la persona de al lado en mi costado y como se iba haciendo hueco entre mis carnes. También podía apreciar la calvicie del señor de enfrente, y el olor de su acompañante, un hedor a tabaco y a carajillo. La emoción y la alegría que ese momento me provocaba, se veían renegadas a un segundo plano por el cansancio de noches sin dormir, por la larga espera de este momento y por esa invasión de mi espacio vital que tanto me turbaba. En estos momentos podía parecer, perfectamente, un zombie. Pero no me movía. En parte porque la gente allí congregada me lo impedía y por otra, porque el deseo de estar en la última mascletá del año podía con mi cansancio; además, para una a la que venía. Yo era de aquellas personas que no pisaba el centro de la ciudad a esas horas, en todo el mes, pero el último día, esa última mascletá, no me la perdía por nada del mundo. Era la más visitada, la más deseada, la más apabullante y la más ensordecedora. Se podía escuchar desde cualquier parte de la ciudad, y si estabas en el centro, aun cuando no estuvieses en la misma parte donde ella tenía lugar, la notabas bajo tus pies. Era así de magnifica.

Y es que por ese delicioso olor a pólvora, aguantaba esos apretones, ese sol golpeando mi cabeza, el cansancio, la resaca, y la hora y media que tardaba en salir de allí una vez acabada y finalizada la fiesta. Es ese olor a pólvora, tan magnífico y deseado, con el cual yo, y ella, y él, y muchos más, soñábamos durante todo el año.  


martes, 19 de noviembre de 2013

El poeta


“Siempre soñadora,
Siempre libre y perfecta,
Viajera de los tiempos...”

- No, no. Esto es pura basura. - Hablaba con ímpetu, alzaba la voz, suspiraba, y maldecía a ritmos incomprensibles. En definitiva, estaba hecho un manojo de nervios. Escribía, releía, se cabreaba y entonces acababa tachando con rabia las palabras que había impreso en el papel y volvía a empezar: otras palabras que se unían en un intento de formar nuevos versos. Pero nada. Tenía la impresión de que cada vez lo hacía peor. Lo que escribía no tenía sentido y menos aún, música. Llevaba intentando escribir un poema desde hacía horas, cuando el sol aún estaba en su máximo apogeo, pero no lo había conseguido. Ahora estaba anocheciendo y él se encontraba sentado delante de una mesa, con una lampara encendida a su lado y rodeado de papeles, bolígrafos, tazas con rastros de café y restos inservibles de manzanas. No se sabía muy bien si tenía sangre o café en las venas, aunque por su nerviosismo e inquietud podría decirse, más bien, que lo segundo.

“Tú, siempre fiel, siempre amante y amada,
Tú, tifón primaveral”


«¿Tifón primaveral?» se preguntaba molesto y asombrado. «¡Ni qué estuviese hablando sobre el amor!» seguía pensando mientras volvía a tachar. No es que fuese un gran conocedor de ese mítico misterio existencial, pero pensaba que tenía protestad suficiente para opinar sobre el tema debido a que se sabía todo lo referente a él, todo lo que salía en los libros, por supuesto. Al final, acabó tachando con furia toda la hoja, marcándola a base de tinta negra y frustración. La arrancó, la convirtió en una pelota dispuesta a jugar a ser encestada y la tiró en la mesa, junto a todas las demás. Poco después de golpear la libreta con la punta del Bic, se levantó, arañando el suelo con la silla y provocando un ruido, que algunos describirían como «chirriante, molesto, desagradable». Cinco minutos después volvía al salón con una manzana medio mordisqueada y una taza de café frío, dispuesto a seguir, eso sí, con el mismo estado de animo anterior: derrotado y frustrado. 

domingo, 17 de noviembre de 2013

Una historia lacerante





Dejarme que os cuente mi historia.
Yo nací hace unas décadas, en algún lugar de ese continente llamado Europa. Hasta entonces estaba esparcida, separada. Pero hace aproximadamente sesenta años me unificaron y me convirtieron en lo que fui hasta hace poco. Desde entonces no he parado de ver cosas, de sentirlas. He sido testigo de guerras, de revoluciones, de inconformidades. La gente que vivía en mis casas, en mis edificios, que paseaban todos los días por mis calles, estaban siempre discutiendo entre sí, riñendo, gritando, peleando. Algunas veces los motivos eran religiosos, demasiada diversidad; otras era por las nacionalidades que me componían: diferentes etnias. La lengua tampoco beneficiaba: habían muchas. Los motivos de lucha por el poder y las heridas del pasado tampoco ayudaban a un mejor entendimiento. Por lo que era normal que estallasen conflictos cada dos por tres. Yo lo entendía, aunque sangraba cada vez que tenían lugar. Era doloso, ¿sabéis? Ver como me destruían a mi con sus armas y como se destruían a ellos mismos. Pero eso no era lo que más me afectaba, pues en lo que a mi respecta, puedo sobrevivir con unas cuantas heridas, y en lo que respecta a ellos, bueno, yo no soy nadie para interferir en sus problemas. No, lo qué más me afectaba y por lo que aún hoy en día sigo llorando, es por los otros.

Durante estos conflictos vi a gente inocente, gente que nada tenía que ver con estos problemas, sufrir y padecer algo que no habían buscado, algo que no querían y en lo que no creían. Eran esas personas a las que les daba igual la religión, la etnia, la lengua, en definitiva, la cultura de los demás, porque en su trato hacia ellos no se fijaban en eso, si no en las relaciones que día a día se iban creando entre ellos por ser vecinos, compañeros de clase, de trabajo, por ser medico y paciente, vendedor y cliente. Fueron personas que se vieron separadas de familiares, de amigos, de conocidos, por un conflicto que no querían. Son gente que no sufrieron tan solo el exilio y la separación de sus allegados, si no que también sufrieron perdidas, hambrunas, desgracias que jamás se os pasarían por la cabeza y que no se las deseo ni a mi peor enemigo. Y por esa gente, que sin comerlo ni beberlo, llegaron a sufrir incluso más que los causantes de estas guerras, es por quien más sufro. 

Ahora han pasado algunos años y vuelvo a estar dividida, separada, esparcida, pero es mejor así. Yo respiro mejor y creo que ellos también. Pero nadie nos quitará de la memoria que sufrimos, que al daño causado por nuestras diferencias internas, se unieron los daños provocados por algunos personajes y organizaciones externas, y que nadie nos echó una mano por solidaridad, ni siquiera por compasión. Nadie nos quitará de nuestra memoria colectiva, que fuimos masacrados por las ansias de poder, por las ideas de crear fronteras bajo cualquier circunstancia, por las ansías de controlarnos. A lo mejor todo ha acabado, o a lo mejor eso es lo que algunos piensan o quieren hacernos pensar, pero ese pasado atroz, lacerante, sigue allí y seguirá para siempre, porque yo, Yugoslavia, estaré siempre recordando lo que unas ideas, creadas y defendidas tan solo por unos cuantos, y unos intereses propios y ajenos, pueden hacer a todo un mundo.

NATO= OTAN

viernes, 15 de noviembre de 2013

El puente de los miedos

He dicho que publicaría todo lo que fuese escribiendo, así que aquí está la práctica de hoy. Surgió a raíz de la canción que pongo a continuación, así que si queréis escucharla mientras leéis el pequeño texto, mejor. Tras escribirlo y releerlo, tengo la impresión de que es uno más de mis textos, uno de tantos que he escrito en estos últimos años. Necesito nuevas fuentes de inspiración, necesito nuevas ideas.



          Cogió las llaves de casa mecánicamente y salió corriendo dando un portazo tras de sí. Bajaba las escaleras de dos en dos, sin siquiera fijarse en el siguiente escalón. Bajó corriendo los cinco pisos y cuando ya estuvo en la calle, se paró unos instantes para respirar profundamente. Notaba como el hielo le atravesaba los pulmones y como todo su cuerpo le reprochaba el haber salido sin coger un abrigo. Pestañeó rápidamente para que sus ojos se acostumbrasen a ese viento siberiano y salió corriendo. Se abría paso como podía entre la gente, evitando tocar a nadie. Avanzaba e iba dejando atrás calles, coches, edificios, personas... corrió y corrió hasta llegar al puente de los miedos. Se apoyó en el frío borde de cemento y miró hacia abajo. Agua. Miró hacia arriba: nubes. A su alrededor la gente pasaba con normalidad, cada uno sumergido en sus propios pensamientos, cada uno con sus problemas y sus alegrías. Y allí estaba ella, con las pulsaciones golpeando sus sienes, con la nariz y los pulmones ardiendo, con sus labios cortados, con sus ojos ensangrentados por la rabia, por el odio, por la impotencia. Se planteó tirarse, acabar con todo y de paso saborear el efímero placer del vuelo, pero una melodía en su cabeza le daba la poca fuerza que necesitaba para no hacerlo. Dicen que existen canciones para cada momento y que tienen la capacidad y el poder de transportarte desde el infierno al paraíso con unas pocas notas, y ella creía fervientemente en esa teoría. Una teoría que, una vez más, demostraba su superioridad.


          Al otro lado del puente, una persona se había parado para tomar unas fotografías que después subiría a su página web, con la intención de mostrar ese precioso paisaje invernal. Su cámara disparó unas cuantas veces, inmortalizando el lugar, el momento. Pero aquella persona siguió allí, de pie, incluso después de haber hecho las fotos que quería. Su atención había sido captada por una mujer desabrigada, que estaba en los huesos y cuyo cabello estaba al cero. El único indicio que tenía de su género era el vestido azul que llevaba. 

Su cuerpo se tensó ante las historias que iban inundando su mente y que tomaban cada vez más fuerza. Ante ellas no sabía que actitud tomar, si cruzar el puente y convertirse en una actriz más de la película, aún cuándo podía estar equivocada, o seguir como espectadora, suplicando no presenciar ningún acontecimiento desagradable. Pero no tuvo la ocasión de decidirse, puesto que aquella mujer, se dio la vuelta, y por unos instantes pensó que sus miradas conectaron. Fue en ese momento cuando soltó el aire que había guardado en sus pulmones, involuntariamente, y cuando su cuerpo empezó a relajarse y a vibrar como consecuencia de las sensaciones que había abrigado durante tan escasos minutos.



Cinco minutos después, la chica del vestido azul se dio la vuelta y a paso lento volvió a recorrer el camino de regreso, evitando secarse las lágrimas. Y la fotógrafa corrió a su casa, temerosa e inspirada: había encontrado a la que sería la protagonista de su obra maestra.