miércoles, 20 de noviembre de 2013

Pólvora


La tierra se sacudía, temblaba y yo la sentía. Escuchaba como retumbaba en mis oídos y una mezcla de dolor, satisfacción y adrenalina, me invadía. Había cientos de personas allí, todas apretujadas; podía notar el codo de la persona de al lado en mi costado y como se iba haciendo hueco entre mis carnes. También podía apreciar la calvicie del señor de enfrente, y el olor de su acompañante, un hedor a tabaco y a carajillo. La emoción y la alegría que ese momento me provocaba, se veían renegadas a un segundo plano por el cansancio de noches sin dormir, por la larga espera de este momento y por esa invasión de mi espacio vital que tanto me turbaba. En estos momentos podía parecer, perfectamente, un zombie. Pero no me movía. En parte porque la gente allí congregada me lo impedía y por otra, porque el deseo de estar en la última mascletá del año podía con mi cansancio; además, para una a la que venía. Yo era de aquellas personas que no pisaba el centro de la ciudad a esas horas, en todo el mes, pero el último día, esa última mascletá, no me la perdía por nada del mundo. Era la más visitada, la más deseada, la más apabullante y la más ensordecedora. Se podía escuchar desde cualquier parte de la ciudad, y si estabas en el centro, aun cuando no estuvieses en la misma parte donde ella tenía lugar, la notabas bajo tus pies. Era así de magnifica.

Y es que por ese delicioso olor a pólvora, aguantaba esos apretones, ese sol golpeando mi cabeza, el cansancio, la resaca, y la hora y media que tardaba en salir de allí una vez acabada y finalizada la fiesta. Es ese olor a pólvora, tan magnífico y deseado, con el cual yo, y ella, y él, y muchos más, soñábamos durante todo el año.  


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